El corredor del Bajío pierde 300 millones de pesos al año en robo de combustible a flotas comerciales

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Un coordinador de logística en Querétaro me contó que descubrió el problema cuando los números simplemente dejaron de cuadrar. Tenía 23 camiones haciendo rutas de distribución entre Querétaro, León y Aguascalientes, el mismo corredor industrial que llevan recorriendo desde hace seis años, y de pronto el consumo de combustible subió un 18% sin que cambiara absolutamente nada en las operaciones. Los conductores eran los mismos, las rutas idénticas, las cargas similares. Miró los tacógrafos y los registros de velocidad y los tiempos de parada y todo parecía normal, así que pensó que quizás era un problema de calibración de los odómetros o algo mecánico que no estaba viendo. Instaló sensores de nivel de combustible en los tanques más como experimento que otra cosa, sin esperar encontrar gran cosa, y ahí fue cuando empezaron a aparecer las caídas. Tres de sus camiones perdían entre 40 y 60 litros cada semana, siempre de noche, siempre en polígonos industriales de Silao y Celaya, siempre mientras el conductor dormía. Alguien con una manguera y veinte minutos de tranquilidad puede sacar bastante diésel de un tanque de 400 litros sin que nadie se entere.

El corredor del Bajío concentra una parte desproporcionada del robo de combustible a flotas comerciales en México, y las cifras que maneja la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga hablan de pérdidas anuales de aproximadamente 300 millones de pesos solo en esa región. Cualquier transportista de la zona te dirá que el número probablemente se queda corto porque muchas empresas ni siquiera saben que les están robando. Yo he visto operaciones donde el gerente está convencido de que sus camiones consumen más porque las carreteras están en mal estado o porque los conductores aceleran demasiado, y nunca se le ocurre pensar que alguien le está vaciando los tanques tres veces por semana. Sin telemetría de combustible instalada la diferencia entre consumo alto y robo sistemático es casi imposible de ver en una hoja de cálculo.

El Bajío tiene más de 400 parques industriales según el gobierno de Guanajuato, y en casi todos hay camiones estacionados de noche en zonas donde la vigilancia después de las diez es un velador con un radio que probablemente ni funciona. Las carreteras federales tienen tramos donde el celular no agarra bien y los rastreadores GPS mandan datos cada cinco o diez minutos en lugar de cada treinta segundos, que es justo el tiempo que necesitas para acercarte a un camión y empezar a trabajar. Y hay compradores. Eso es lo que mucha gente no entiende. Existe una red de gente que paga entre 12 y 15 pesos por litro de diésel robado, en efectivo, sin preguntas, y llevan años haciéndolo. No es que el Bajío sea particularmente corrupto o peligroso comparado con otras regiones, es que la geografía y la economía informal se combinan de una manera que hace todo esto ridículamente conveniente para quien quiera dedicarse a ello.

Un analista de telemática en gpswox.com me dijo que de las flotas que han instalado sensores de nivel de tanque en el corredor, aproximadamente una de cada cuatro o cinco detecta anomalías durante los primeros meses de monitoreo. El número exacto que él mencionó fue 23%, aunque admitió que probablemente hay más casos que no se detectan porque las pérdidas pequeñas, esos 15 o 20 litros que faltan de vez en cuando, caen dentro de lo que los sensores consideran variación normal.

El coordinador de Querétaro que mencioné al principio hizo las cuentas después de tres meses de monitoreo y calculó que estaba perdiendo unos 180000 pesos mensuales. El sistema completo de sensores para sus 23 unidades le costó poco más de 400000 pesos, y lo recuperó antes de que pasara el primer trimestre. Pero lo interesante no fue el ahorro sino lo que descubrió sobre cómo operaban los ladrones. Los tres camiones afectados siempre paraban en los mismos lugares, siempre en horarios parecidos, siempre coincidiendo con los descansos obligatorios de los conductores. No era casualidad. Alguien había estado observando su flota durante meses, aprendiendo las rutinas, identificando qué unidades eran fáciles de abordar y cuáles no.

Yo creo que muchos transportistas del Bajío todavía piensan en el huachicoleo como algo que hacen chavos desesperados con un garrafón de plástico, y esa imagen no tiene nada que ver con la realidad. Un inspector de la Guardia Nacional en Guanajuato me platicó que han agarrado a gente con mapas impresos de parques industriales donde están marcados los lugares exactos donde estacionan los camiones de distribución, con notas sobre qué empresas tienen cámaras y cuáles no, horarios de los veladores, todo. Es una operación organizada con rutas de vigilancia, puntos de extracción establecidos, compradores fijos. Funciona como cualquier negocio de logística, nada más que del lado chueco.

El diésel que se llevan es solo una parte del costo. Cuando un camión llega a cargar combustible antes de lo esperado porque el tanque está más vacío de lo que debería, eso significa una parada no programada que puede retrasar la entrega media hora o una hora dependiendo de dónde encuentre gasolinera. Algunos clientes cobran penalizaciones por entregas tardías y otros simplemente dejan de llamarte. Los conductores que sospechan que les están robando empiezan a cambiar sus paradas por su cuenta, buscando lugares que les parezcan más seguros, y de pronto tienes camiones apareciendo en sitios que no estaban en la ruta original. Los tanques también sufren. No están hechos para que alguien meta una manguera por el cuello de llenado todas las semanas, y las reparaciones por daños en el sistema de alimentación o contaminación del combustible andan entre 15000 y 40000 pesos dependiendo de qué tan grave sea.

Las flotas grandes del corredor, las de 50 unidades para arriba, generalmente ya tienen telemática instalada y detectan los problemas relativamente rápido. El hueco está en las operaciones medianas y chicas, esas de 10 a 30 camiones que mueven la mayor parte de la carga en la región. Un transportista en León me contó que él tardó como dos años en decidirse a poner sensores porque estaba convencido de que el robo de combustible era problema de otros, de flotas que paraban en lugares más feos o que tenían conductores que no conocían bien. Cuando finalmente instaló el sistema descubrió que estaba perdiendo entre 8000 y 12000 pesos cada semana en solo 14 unidades, y la mayoría de las pérdidas venían de paradas que él consideraba completamente normales.

La tecnología para detectar esto existe y no es cara. Sensores que registran variaciones de 5 litros en tanques de 400, alertas automáticas cuando el combustible baja fuera de una gasolinera autorizada, todo eso está disponible. Pero hay una desconexión entre lo que cuesta el sistema y lo que los transportistas creen que están perdiendo, porque sin datos no hay manera de saber que el problema existe. Los 300 millones de pesos anuales que desaparecen del corredor del Bajío en robo de combustible siguen fluyendo hacia una economía que nadie está haciendo mucho por desmantelar.

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